1 Empecemos leyendo

  
En la corta historia del prolífico Estado de Israel se puede decir que Amós Oz ha alcanzado ese pedestal que lo consagra como escritor bandera, desde su creación hasta estos inicios abruptos de siglo XXI Amós ha sabido narrar los colores, las voces y los sonidos de ese “trozo de tierra cenagosa, pedregosa y desértica”
Todo viaje comienza con un libro y esta vez además de todos los libros que viajan en mi Ipad el único volumen físico es esta autobigráfica Historia de amor y oscuridad. He salido corriendo de Nerja, muchos de vosotros sabéis donde vivo, un pueblo blanco que se recuesta en el mar azul mediterraneo con mucho encanto, casas bajas y miradores donde la montaña y el mar se unen para cerrar un circulo escenográfico, allí vivo y a estas alturas del año toca salir y viajar un poco. He tenido que correr con una mochila en la espalda que es todo mi equipaje hasta la parada de buses, contaba con apenas diez minutos, pero he llegado a tiempo. En la estacion de trenes de Malaga necesitando wifi he caido en la tentacion de McDonalds, pero un momento, no se asusten, he pedido una botella de agua, probablemente la única botella de agua que venderán al día y me he sentado cerca de un enchufe, en una bolsa tenía mi pan de centeno, fiambre de pavo, un tomate y humus para untar ese pan tan tosco y rico. No me han molestado ciertas miradas, al menos ya había comprado mi botella de agua. He decidido cerrar el círculo pelando una mandarina. Empezar sano, decidido y enérgico es lo que queria para este viaje que comienza.
Con respecto a este libro, puedo decir que su escritura es muy fresca, lo que más me sorprende es el manejo del tiempo y como ha logrado hilvanar cada historia o recuerdo, y por supuesto la capacidad para hacernos viajar a ese territorio palestino que se convertiría en uno de los estados más fructiferos del planeta.
Amós Oz, que es un autor critico y lejano a cualquier fundamentalismo, que ha luchado y ha escrito mucho sobre ese deseo profundo de lograr la concordia entre palestinos e israelíes escribe: “No quieren a los judíos porque son perspicaces, astutos y sobresalientes pero también escandalosos y jactanciosos… Allí, en el mundo, todas las paredes estaban cubiertas de frases difamatorias, <Judío, vete a Palestina>, y nos fuimos a Palestina, y ahora el mundo nos grita: <Judío, sal de Palestina>.
He llegado a Madrid y allí me encuentro con mi primo Mauricio, el intelectual de la familia. Podemos caminar horas y hablar sobre libros, autores y recorrer por horas las librerías de una ciudad sin aburrirnos o sentir necesidad alguna por comer. El tiempo se detiene alrededor de ese mundo abstracto, entre filósofos, historiadores, poetas y narradores. Hemos asistido a la conferencia de Fernando Savater. En el Goethe Institut, esa pequeña Alemania en la capital española. Hay voces que me gustarán recordar de esa charla. Por lo pronto prefiero terminar con una caminata hasta Sol atravesando los jardines del Ministerio de Justicia durante el atardecer. La luz en Madrid tiene un cariz inusual para mi. Juega entre sus calles y edificios como no lo hace en Barcelona o en París. 
La Embajadita: es el San Juan Hostel de Madrid. Nuestro amigo Alberto Sendra regenta este albergue frecuentado por viajeros de todo el mundo, pero esencialmente por sanjuaninos que llegan a Europa y buscan un empujón confiable. Alberto es generoso, extremadamente generoso y no reclama nada a cambio. Su espacio es cómodo y a una calle de la Plaza del Sol, inmejorable. Y allí rodeado de sanjuaninos, italianos, porteños, neozelandeses, francesas e incluso un madrileño de Móstoles hemos compartido una mesa minúscula comiendo el clásico de la casa: La Paella. Alberto tiene firmes orígenes valencianos, con lo cual la paella corre por sus venas. Hemos comido buena paella y vino barato, algunos se echan a las calles a festejar y otros nos vamos a las habitaciones espartanas y siempre limpias.
Una gallego crecido en Montevideo, taxista desde hace veinte años en Madrid nos ha llevado al aeropuerto. Me gusta esa afabilidad que encuentro en los uruguayos, ese deje provinciano y esa ausencia de fanfarronería, te hacen sentir cómodo y escuchado. Muy al contrario del espíritu argentino que quiere ser protagonista y narrador de un drama inconcluso lleno de neologismos. El país donde hay más escritores que lectores, más sicólogos que pacientes. 

Hemos llegado a Barajas, en pocas horas comienza la aventura. Todavía no amanece en la capital del Reino de España.

  

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Agosto 2015

Sombras flanquean mi paso. La velocidad se otorga a las cosas.
No había llegado el mensaje, no habían llegado los mensajes. Kafka fue a nadar igual ese 1914.
Sin carta, sin señales. Walser se había echado a andar
dejando atrás su involuntario cautiverio en una clínica de Herisau. Yo también caminaba,
pero de regreso, Walser no volvería de entre la nieve. Él no escribiría más. Herisau
abandonaba a Walser. En el sanatorio de Kierling sucumbía Kafka. El baño con monedas de una biblioteca
Malmö, escrituras innecesarias, leer mirando tras la ventana, descuidando miradas de ellas, estudiantes
que no leyeron a Strindberg. O revolver libros en una librería del Raval que fue una iglesia y ver una sombra
de belleza incalculable, deslizarse entre pasillos, adentrarse entre torres de papel, mareas de escritos y culminar en la sección de escritores eslavos, para extender un brazo y alcanzar un libro de los pesados, que sobresalía entre sus dedos, que estaba a punto de caer, los Diarios de Gombrowicz. Fatalidad inmediata. Podía la delicadeza y la literatura más violenta transmitir tamaño resplandor. Tanto que lo demás se abandonaba a las sombras, como mi paso exiguo.

Senderos hacia Martin Varsavsky I

(Escrito durante mi estadía en Boston y Nueva York desde un avión que hacía la ruta NYC – Quebec) Octubre 2014

Muchas historias empiezan asi: Eran las siete de la mañana y el despertador ya había sonado. El acto reflejo de mi mano cada día ya había apagado la alarma y cuando supe que todo esto había sucedido me levanté de un salto como si hubiera cometido una atrocidad. Eran las siete y algunos pocos minutos y el camarote se había iluminado con la luz del amanecer, estaba gélido como si hubiera dormido a la intemperie y todo lo que tocaba alrededor desde mi cama parecía helado. Alcancé mis pantalones saltando en el reducido espacio que me ofrecía el camarote destinado a los invitados, en un bote o velero que por entonces mi amiga Lorena utilizaba como vivienda. Lo había comprado por un importante monto de dinero y pagaba su mensual costo por amarre. A cada paso que daba el suelo crujía, el sonido era tal que parecía estar destrozando el espacio y rajando la madera. Temía que Lorena se despertara. Saliendo por la puerta estaba la cocina comedor y la escalera de salida. Libros, cañas de pescar y un sinfín de objetos inauditos se apilaban a lado y lado del salón cocina comedor. Escalé y salí a la cubierta. El cielo de Boston gritaba un color rojo y yo pensé que no podía ser más que un regalo. Caminé hacia la marina, me duché en sus baños comunitarios, me afeité con cierta precisión y regresé al bote. Lorena ya estaba en pie preparando el desayuno, sus pelos estaban revueltos, su cara adormecida, pero su planta siempre le otorgaba cierta elegancia en cada movimiento, mientras recogía mi mochila, ella manipulaba una tetera y abría un nuevo paquete de mantequilla, su pelo largo, negro y lácio se movía acompasado y diez años después sólo podía recordarla allí de pie esperándome al inicio de las ramblas en Barcelona sosteniendo unos libros, ccon las asas de la mochila sobresaliendo como si sólo fuera una decoración más de su cuerpo. Cada vez que su pelo y sus movimientos se desplazaban por el reducido espacio del bote, yo no podía evitar recordar el día en que nos conocimos en los últimos días de mi primer verano catalán. Eramos lectores de Bolaño y eso ya explica todo lo que vendría después.
No participé en absoluto en la puesta en escena del desayuno, después de unos minutos ya estábamos bebiendo té negro y un pan con mantequilla y mermelada, mi desayuno favorito. Hacìa 5 años que no nos veíamos pero todo parecía presentarse intacto como si el tiempo no se hubiera escurrido entre nuestras dispares vidas. Ella sonreía pero a veces también me lanzaba miradas que traían recuerdos. Hablamos de ese día que me deje caer por la Puerta de Orleans en París y la secuestré en coche y viajamos hasta Barcelona haciendo noche en Montepellier. El día que nos dimos cita en un tren que viajaba al norte de Cataluña y por supuesto leyendo un libro de Bolaño me despisté y no salí a su encuentro. Porque íbamos a Blanes, a visitar retazos de vida de nuestro escritor favorito que había fallecido hacía cinco años. Y el solo hecho de ver la puerta de su casa, hablar con sus vecinos, la señora de la frutería o la antipática señora de la librería significaban habitar ese mundo metaficcional que habíamos decidido compartir como si fuera una filiación política irrevocable. Estabamos enfermos de literatura o teníamos el Mal de Montano, y estabamos felices persiguiendo escritores, mintiendo sobre historias y textos que nunca escribíamos y leyendo tanto que nuestra realidad no iba más allá de las páginas de nuestras lecturas, los cafés del Raval y las salidas nocturnas por Gracia o el Born. Y así se había acabado el desayuno, ella era una mujer, investigadora en Boston y yo visitaba para reavivar, si es que algo teníamos que reavivar.

Nos despedimos como si un encuentro inminente estuviera por suceder y tome rumbo por el puerto y cruzando el puente hacía la estación de metro que me llevaría a la estación sur de Boston. Era la hora de entrada al trabajo y yo cargaba una mochila de tamaño lo suficientemente incomodo para molestar en un vagón repleto hasta más no poder, porque si hay algo que en la cultura estadounidense es sagrado, es el trabajo y su transporte es un brazo de un cuerpo rígido, mecanizado y vigoroso. Me llamaba la atención que nadie se miraba, los ojos eran órbitas ausentes, me preguntaba si a la hora de llegar a casa o al trabajo sus ojos se encenderían y una mirada se proyectaría para acercar y reafirmar relaciones familiares, de amistad o compañerismo, pero cada día a la hora de usar el transporte público la mirada se apagaría dejando la órbita de los ojos en una situación como se diría hoy: modo avión. Creo que es algo que he visto en muchas ciudades pero que en la capital de Nueva Inglaterra parece acentuarse en demasía.
Después de una serie de cambio de trenes y pasadizos me encontraba sentado en el bus que me llevaba a Nueva York y pensando en el motivo del día, asistir a la clase de Martin Varsavsky, que desde ahora, por motivos de mención reiterativa pasaré a llamarlo MV. Cómo descubrí su existencia y hacía cuantos años que lo seguía asiduamente desde mi ordenador en el sur de España. Todo eso pensaba mientras el bus se abría paso en entre frondosos arboles otoñales y lagos flanqueados por carreteras muy concurridas. En un periódico español progresista hablaban de un empresario argentino del que nunca había escuchado, era un emprendedor millonario fundador de grandes compañías. Impartía clases, conferencias, se codeaba con los grandes totems fundadores de Google, Facebook, Apple, Wikipedia e invertía en start ups creyendo firmemente en que su aporte iba más allá de cada inversión, era un padrino motivacional de jóvenes listos e incomprendidos en paises como Argentina o España, donde iniciarse en un emprendimiento era en el primero algo imposible por los nulos recursos y en el segundo un sacrilegio ya que la cultura emprendedora estaba mal vista o infravalorada. En todo esto pensaba cuando el bus después de dos horas de camino se detuvo en un restaurante de carretera digno de las películas, porque no era màs que un restaurante de comida rápida o simplemente una hamburguesería con baños para los viajeros y mucha gente obesa tomando asistencia.

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2/12/12

Tu nombre se escribe al revés

y tu boca ya no muerde.

cruzaste el arco diciendo que
no volverías.

Si? ya lo había olvidado
no? memoria desagradecida

el sabor cambió con el recuerdo,
recordar sin querer
volver sin ser invitado

provocar y morir, ¿tranquilo?
y una noche de sabanas pensé,
que todo sería inmortal.

No le creas a las sábanas,
el calor y la saliva
no regresarán.

blanco, sábana, negro, tacto, rojo, tus labios, amarillo, tu piel en el atardecer, azul, tus ojos los días de sol, marron, tu pelo en invierno, gris, mi memoria.

 

sabanas

Él amaba las ciudades dormidas

Llegada la noche sólo él sabía cuando su pueblo
comenzaba a dormir.

Se preparaba lentamente, removía su pelo,
cogía su gabardina y antes de salir se aseguraba de cerrar bien la casa.

Nadie conocía, nadie sospechaba su afición nocturna.
Con esa uniformidad que tenían sus pasos era acompañado sin poder evitarlo
por su sombra
y su vestimenta oscura, tan negra como sus zapatos.
Y de este modo se dejaba andar y desandar como si todo fuera un acto reflejo.
Cada noche de invierno él amaba su pueblo en silencio,
recorría zonas remotas donde nadie percibía su existencia.
Le gustaba el viento helado golpeando sus pómulos, se regodeaba
de su entrada en calor con cada paso que daba.

Hoy no sería distinto, aunque en el futuro lo fuera.
Y se dejó llevar por las playas, andando con vigor,
como si su destino fuera una batalla.
Una de esas playas le pareció instantáneamente tan bella
que se coló entre las rocas y se detuvo en el borde del acantilado
las olas rugían y de algún modo lo llamaban, pero él pensó.

Su hermano había sido más valiente, su padre más temerario,
su madre la compasión personificada y su hermano menor, su reflejo imperfecto.
No había tenido abuelos, no había tenido hijos, sólo una mujer
que lo había abandonado, con razón y sin razón.

Pensó y sólo alcanzó a ver el sexo de todas las mujeres
que habían yacido en su cama ese año. Sus cabellos,
sus ojos desorbitados, sus gemidos desiguales, sus glúteos
rebasando la perfección de sus piernas, pudo ver los pechos y
sus voces, la saliva, el dolor, porque había amado el dolor y todo aquello,
del mismo modo que lo había rechazado.
Por ellas, de nacionalidades que ni siquiera recordaba.
Había viajado en búsqueda de aquellas mujeres, pero antes de llamar a sus puertas,
había desistido porque se gustaba imaginando que todo pudiera ser distinto
y a la vez verosímil, y allí en Helsingborg, en Vlaardingen, en Copenague, en Newcastle,
en Manhattan y otras tantas ciudades, el había abandonado por amor a sus noches solitarias.
Y como se había alejado desandaba el camino a su pueblo, cogía trenes, autobuses, aviones, pero regresaba,
para olvidar durante el día y recordar cada noche,
a esa hora donde ellos duermen,
a la misma hora en que él desgasta discreto las noches más frías.

Hoy nada sería distinto,
a pesar de que el año concluía en un calendario que le era ajeno.
Así, de este modo, llegó al paseo principal de su pueblo.
Decenas de lámparas amarillas iluminaban proyectando sombras sucesivas
y él se adentró en el camino flanqueado de gatos y pequeños jardines.
A medida que avanzaba divisaba el mar a sus lados, detrás las montañas apenas visibles.
Las olas lo acompañarían en su paseo. No sabía por qué, pero hoy sus pasos
eran más lentos. Levantó la cabeza y vio las estrellas, más cercanas,
más brillantes, al final del sendero. Un circulo sobre el mar, allí
se limitó a girar sobre sí, observando la noche soberbia.
Cientos de imágenes lo cubrieron, hasta pensar que jamás podría sentirse más colmado.
Por esa razón, cada noche se dejaba llevar
adentrándose en territorios oscuros,
e intensamente personales,
simplemente porque él
amaba las ciudades dormidas.

Entonces supo que estaba preparado,
al día siguiente comenzaría su viaje.

Eduardo Licciardi

Escrito al regreso de una caminata nocturna y solitaria por Nerja,
una noche antes del 24 de diciembre del 2011.

Pintura de Alyssa Monks

Compañero que no es un amigo

El sabor permanece y es preferible no cepillarse los dientes en pos de mantener la sensación que provoca ese gusto. Porque te acerca recuerdos, ideas y cierta melancolía.
Un sábado absurdo, donde he dormido una siesta infinita. Tan larga que cuando desperté era de noche, y el primer síntoma es el deseo intencional de no soportar ninguna situación que se me presente incómoda. El humor se vuelve espeso, y todo se nos acerca reconcentrado.
Pero después de ver perder a mi equipo con un rival muy inferior, después de comer una pizza y beber una lata de cocacola, ha llegado la medianoche. Y quizás por mi cabeza ronde la increíble idea de quedarme en casa.
He aprendido a disfrutar de no hacer caso a esa voz interior. De ese mismo modo he aplacado y ordenado un poco mi cabello, he cogido la chaqueta que viene conmigo cada invierno desde los diecisiete años y me he largado, eso si, con la música encendida. He caminado con un ligero estilo vagabundo y me he acercado por zonas que jamás frecuento pasada la medianoche. La caminata es amena, la música a la vez transforma cada paso recorrido, la tristeza va fluyendo con la melancolía y la sensación de que esto no es más que un ejercicio que con los años se resuelve con más facilidad.

Antes de volver a casa prefiero beber, como acostumbro en los días de melancolía, whisky con hielo.
El bar irlandés, está en el Balcón de Europa, la zona cero que en las noches de invierno, se presenta luminosa pero desprovista de caminantes, salvo infrecuentes grupos que se dirigen a los bares del otro lado del pueblo.
Entro al irlandés siguiendo un pasillo estrecho que te conduce al local. La música en vivo y un murmullo de fondo se evidencian cuando entro al bar. En la barra me saluda el camarero y me sirve un whisky antes de que pueda arrepentirme. La música es buena y la gente parece entusiasmada.
Detrás de mí entran dos muchachas, llevan vestidos cortos, cabellos largos de peluquería y medias de lencería dudosamente fina, las medias terminan arriba de las rodillas, centímetros después comienza el vestido, por lo tanto, esa franja entre la media y el vestido provoca una estimulación muy grosera y violenta. Dos tipos que beben delante de mi, pierden la cordura y se vuelven locos mirando las piernas de esas dos que van directo a la barra para pedir dos dobles maltas. Yo observador puro prefiero concentrarme en el cuadro, los hombres que fácilmente han cruzado los cuarenta tornan a la adolescencia y comienzan a trazar dialecticamente supuestas tácticas para atraer a las muchachas. Ellas evidentemente no se cortan, y se colocan a escasos centímetros para forzar un inminente desembarco, burdamente se genera un símil de danza de apareamiento y todo se vuelve confuso, hasta que uno se proyecta y acerca comunicación que es correspondida enseguida. Yo bebo mi whisky con soltura y a medida que el vaso va perdiendo peso, las imágenes, los recuerdos y las experiencias vividas se me acercan como correctivos ante la estupidez.
Whisky inseparable compañero ante las malas, ante las tristezas, los infortunios, los fracasos, los decesos, las equivocaciones, la mala suerte de creer e ignorar abobinablemente las evidencias. Whisky estuviste presente en cada uno de mis amores, tanto al principio como al final, whisky inseparable, inconfundible, desinteresado. Aquí bebo tu espíritu que me proyecta hacia dimensiones menos dolorosas, cicatrizante, que me eximes de mis faltas y de mi obsecuencia.
No olvido esa noche trágica en Barcelona, que acudí en tu ayuda y te bebí hasta despertar al día siguiente hospitalizado, pero de regreso a casa, aparentemente la estupidez había sanado.
Del bar ha salido ella, y es ella porque todavía no tiene nombre. Es rubia, ronda los cuarenta y es muy hermosa. Me la encuentro cada fin de semana y me observa impasible, a pesar de que cada fin de semana la acompaña un hombre distinto. Me gusta porque tiene carácter, porque me mira a los ojos con los suyos azules y porque es evidente que vamos a dormir y follar juntos antes de que termine el año. Ha salido del bar, no sin antes mirarme con sus ojos grandes de eslava maldita.
He terminado mi bebida, el concierto está por acabar, decido marchar antes de que sea tarde. Al salir me coloco los cascos y camino a casa escuchando Led Zeppelin, Stairway to heaven. Si, noche cursi, pero satisfecho porque el sabor permanece y de momento me meteré en la cama y esperaré un buen rato hasta que mi compañero desaparezca y pueda finalmente cepillarme los dientes.

Göteborg


Da Matteo, Göteborg.

El cielo está despejado, el sol ilumina la terraza. Pienso acerca de la idea que nos hacemos cuando visitamos una ciudad nueva, las impresiones y sus sensaciones están inseparablemente unidas a nuestros estados de ánimo, a todo eso que ha sucedido en las últimas semanas, indefectiblemente todo desemboca junto a nuestros sentimientos.
Göteborg me ha parecido triste, muy triste. He llegado a odiarla. Pero hoy, dos días después valoro toda esa evolución emocional que he sufrido en esta ciudad y he comenzado paradójicamente a amar una ciudad a lo que no sé si volveré algún día. Y allí reside el problema, cuando nos fijamos en algo y lo apreciamos con fuerza, queremos volver a ello, porque no es volver físicamente, es regresar a lo que hemos sentido. Conozco mucha gente que podría tachar de adictos a las emociones, ¿acaso la mayoría no lo somos? De eso estamos hablando cuando una nube se interpone y la sombra se cierne sobre la terraza y el frío vuelve. Porque el único calor que a fines de septiembre siento en esta ciudad, es el sol que nos protege de a momentos.

No podemos hablar siempre de las camareras, cuando nos sentamos en un bar. Pero hoy, puedo decir que me resulta imposible no mencionarlas. Una de ellas, pelirroja tiene una cara algo alargada y unos ojos grandes y azules. Viste como sus compañeras un uniforme todo negro, pero su pantalón vaquero es muy ceñido a comparación de las otras. Observo unas piernas muy largas que generan una cintura estremecedora. Y aquí, sin ir más lejos estamos mencionando parte empírica de esa adicción a las emociones. En la cafetería céntrica Da Matteo, en la ciudad sueca de Göteborg.
Podría pasarme el día entero, aquí sentado, observando a la gente. Visten de maneras muy disímiles, pero jamás abandonan esa paleta de colores indescifrable que solo ellos manejan y entienden a la perfección. Hay cabellos rubios que lucen raíces negras y eso impacta, porque no es que se hayan teñido el pelo y al crecer se pueda ver el cabello original. Son así de fábrica. Hay rubios y morenos con bronceado original, hay algunos más evidentes que lucen unas morbosas sesiones de cama solar. Hay muchos que simplemente se muestran tal como son, blancos. Piel blanca que espera ser descubierta, tan impoluta, tan suave que parece estar esperando tu mano latina.
Así es este local del centro de la ciudad, donde todos te saludan sin hacerlo, te besan sin que suceda, te llaman y tú no has escuchado ni un solo sonido.

¿Pero qué quieres que te diga?
Creo que le dedicamos demasiado tiempo al silencio innecesario y le dedicamos muy poquito al silencio necesario.

Hay barrios con estilo propio, muchos museos que hablan de la relación de la ciudad con el mar, hay mucha gente que va y que viene, hay muchos bares, pero sobre todo hay cafeterías, donde la gente bebe café hasta el cansancio, en esos locales quizás piden una pizza y la acompañan con un cafe-latte. Así es, hay una enloquecedora cultura del café. He tenido la posibilidad de salir de noche y observar que a pesar de que la ciudad se muestra pretenciosa, hay locales que no lo son tanto y generan espacios de ambiente relajado. En alguno de ellos un muchacho da un pequeño concierto con su voz y su guitarra acústica. En otra hay música rock muy fuerte mientras la gente come pizza a cuarenta coronas. En otros la gente observa y se deja observar. Las mujeres en todos los locales tienen el control de todo lo que sucede.

Antes de dejar la ciudad he pasado por un par de tiendas a comparar ropa, dos suecas en dos tiendas diferentes, se han interesado y me han interrogado. Las dos me han preguntado que si venía a visitar alguna novia.

Es momento de dejar Suecia, es tiempo de olvidar lo malo y memorizar a fuego lo bueno. Esto podría resultar una enseñanza bastante enriquecedora. En cuanto a lo malo, saber que no es una buena decisión dejarse llevar por los sentimientos. En cuanto a lo bueno, saber que las mujeres son hermosas, siempre que uno no se enamore de ellas.

Escrito en Göteborg el 19 de Septiembre, reescritura en Nerja.